Hacia 1990, durante una caminata por las montañas de Alicante, Vicente Todolí encontró una finca devastada: la casa estaba en ruinas y los márgenes de piedra seca, derrumbados. Decidió adquirirla con la voluntad de restaurar aquel paisaje y devolverle su condición de territorio cultivado.

El proyecto comenzó con la plantación de las especies propias de la zona: olivos, cerezos, perellones —manzanas con forma de pera—, serbales o cervellones, acerolos, azufaifos, higueras, madroños, cipreses, pinos piñoneros, almendros, nogales y sabinas. Para mantener el campo en buen estado se inició también la elaboración de aceite de oliva virgen. Poco después, en Palmera, comenzaría la pequeña colección de cítricos con variedades locales que estaban desapareciendo, como las naranjas sanguinas o las perets.

La finca contaba inicialmente con siete hectáreas abancaladas y solo doce olivos, situada a doscientos metros de la peña Foradà y a seiscientos cincuenta metros de altitud. A lo largo de más de treinta años fue creciendo hasta reunir un millar de olivos. Antes del incendio de 2022, producía cerca de dos mil litros anuales de un aceite de oliva de autor que llegó a figurar entre los quinientos mejores aceites del mundo.

Este, el primer proyecto agrícola y paisajístico impulsado por Vicente Todolí, ha sido recientemente donado a Todolí Citrus Fundació. Su incorporación refuerza nuestro compromiso con la defensa del medio ambiente, el paisaje y el patrimonio sociocultural de nuestro territorio.

La finca se encuentra en uno de los parajes gravemente afectados por el incendio de la Vall d’Ebo, que arrasó más de doce mil hectáreas en el verano de 2022. Sin embargo, no era la primera vez que el fuego alcanzaba estos campos: cuando Vicente Todolí los adquirió ya habían sido abandonados tras un incendio, y posteriormente sufrieron otros dos episodios menos virulentos. En todos ellos, los cultivos ejercieron como una valiosa barrera frente al avance de las llamas.

La recuperación tras el incendio de 2022 ha sido lenta. El año pasado pudimos realizar la primera cosecha después de varios años: fue modesta, pero supuso un logro profundamente reconfortante tras una larga espera. Hace unos días celebramos una nueva recogida, una señal alentadora de que, poco a poco, el paisaje vuelve a dar fruto.

La recolección de la oliva verde en octubre, junto a la pequeña casa de piedra sin luz ni agua potable, se había convertido con los años en una cita para amigos, algunos de ellos artistas, coleccionista o amantes del arte, venidos de distintos lugares del mundo, atraídos por la belleza de estos valles y por una forma de vida estrechamente vinculada al territorio.

La experiencia confirma la necesidad de repensar la gestión del paisaje después de los grandes incendios. Cultivar la tierra y favorecer especies autóctonas más resistentes al fuego —como olivos adultos, robles, carrascas y determinadas formaciones de laurisilva— puede contribuir a proteger estos entornos. Los campos cultivados han actuado históricamente como cortafuegos naturales; recuperarlos y mantenerlos vivos es también una forma de cuidar el futuro de las montañas.

Pronto tendremos a la venta una nueva edición de aceite de Totoli, testimonio de un paisaje que se recupera: del trabajo paciente, de la resistencia de los cultivos y de la convicción de que seguir cultivando es también una forma de cuidar el territorio.